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Le Cour señaló en la revista Atlantis (julio-agosto de 1928) un curioso símbolo trazado en una piedra druídica descubierta hacia 1800 en Suèvres (Loir-et-Cher) y estudiada antes de él por E. C. Florance, presidente de la Sociedad de Historia Natural y de Antropología de Loir-et-Cher. Éste pensaba, incluso, que la localidad en que se encontró la piedra podría haber sido el lugar de la reunión anual de los , situado, según Cesar, en los confines del país de los carnutos. Le llamó la atención el que el mismo signo se encontrara en un sello galorromano, hallado hacia 1870 en Villefranche-sur-Cher (Loir-et-Cher), y emitió la idea de que podría tratarse de la representación de un triple recinto sagrado. El símbolo, en efecto, está formado por tres cuadrados concéntricos unidos entre sí por cuatro rectas perpendiculares.

El bloque de piedra es de época romana y mide 1,50 x 0,95 metros.

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En el mismo momento en que aparecía el artículo de Atlantis, se señalaba al señor Florance el mismo símbolo grabado en una gran piedra de cimiento de un contrafuerte de la iglesia de Sainte-Gemme (Loir-et-Cher), piedra que parece de procedencia anterior a la construcción de la iglesia y que inclusive podría remontarse igualmente al druidismo. Verdad es, por lo demás, que, como muchos otros símbolos célticos, y en particular el de la rueda, esa figura ha permanecido en uso hasta el Medioevo, pues L. Charbonneau-Lassay la ha señalado entre los grafitos de la torre de Chinon, juntamente con otra no menos antigua, formada por ocho rayos y circunscripta en un cuadrado, que se encuentra en el “betilo” de Kermaria estudiado por J. Loth monumento al que hemos tenido ocasión de aludir en otro lugar. P. Le Cour indica que el símbolo del triple cuadrado se encuentra también en Roma, en el claustro de San Pablo, del siglo XIII, y que, por otra parte, era conocido en la Antigüedad aun fuera del ámbito céltico, puesto que él mismo lo ha encontrado varias veces en la Acrópolis de Atenas y en las lajas del Partenón y del Erecteión.

La interpretación del símbolo en el sentido de que figure un triple recinto parece muy exacta; y P. Le Cour, a este respecto, establece una relación con lo que Platón dice, hablando de la metrópoli de los Atlantes, al describir el palacio de Poseidón como edificado en el centro de tres recintos concéntricos vinculados por canales, lo que, en efecto, forma una figura análoga a la de que se trata, pero circular en vez de cuadrada.

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e interpretación del Triple Recinto

Ahora bien; ¿cuál puede ser la significación de esos tres recintos? Hemos pensado en seguida que debía tratarse de tres grados de , de modo que su conjunto habría sido en cierto modo la figura de la jerarquía druídica; y el hecho de que la misma figura se encuentre entre otros pueblos que los indicaría que en otras formas tradicionales había jerarquías constituidas según el mismo modelo, lo que es enteramente normal. La división de la iniciación en tres grados es, por otra parte, la más frecuente y, podríamos decir, la más fundamental; todas las otras no representan en suma, con respecto a ella, sino subdivisiones o desarrollos más o menos complicados. Nos sugirió esta idea el haber conocido anteriormente documentos que, acerca de ciertos sistemas masónicos de altos grados, describen estos grados precisamente como otros tantos recintos sucesivos trazados en torno de un punto central ; sin duda, tales documentos son incomparablemente menos antiguos que los monumentos de que aquí se trata, pero cabe, empero, encontrar en ellos un eco de tradiciones que les son muy anteriores, y, en todo caso, nos ofrecían en la oportunidad un punto de partida para establecer interesantes relaciones.

El tablero conocido como “triple recinto” es considerado por algunos como la representación en una dimensión horizontal del sistema constructivo sacro y defensivo del triple recinto druídico y similares (los lo utilizaron en algunas fortalezas). Diversos investigadores opinan que el tablero del “triple recinto” es un plano arquitectónico que corresponde bien a un castillo, a una ciudad o incluso al mismo . Charboneau-Lassay, por su parte, reitera que tal vez simbolice a la Celeste, como ya se dijo más arriba.

triplerecinto
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Algunas localizaciones del Triple Recinto

Se conocen ejemplos de la edad del Hierro (período de La Téne) en insculturas rupestres. Se mencionó también su presencia en templos griegos y orientales. Como motivo apotropaico se le dibujaba en ciertas tablillas asirias. Es una de las tabulae lusoriae de época romana, siendo abundante en particular en vestigios galorromanos, lo que ha motivado que algunos autores, quizá desconocedores de su universalidad, le atribuyan nacionalidad “céltica”. Citábamos igualmente que figuraba en piedras sepulcrales de la Alta Edad Media en el Norte de Francia, en la orfebrería merovingia, entre los signos lapidarios del románico y del gótico. En cuanto a su pervivencia posterior, y su uso como signo emblemático o mágico, nos remitimos a los clásicos trazados laberínticos y a la hermosa tapicería titulada “La recolección de los frutos”, realizada en 1510 para el rey francés Luis XII que se conserva ahora en el Museo del Louvre.

  • Iglesia de San Miguel de San Esteban de Gormaz, Soria, (románico)
  • Piedra en Suèvres, Loir-et-Cher, Francia (romano)
  • Un “triple recinto” pintado en un muro de la capilla de la antigua encomienda de Lavaufranche (Creuse, Francia) (s. XV)
  • Castro prerromano de La Villeta, en el término municipal de Trujillo donde se junta el río Tozo con el río Almonte (Cáceres, España)
  • Pico de Santa Cruz de la (Cáceres, España)
  • Revilla la Baja (Salamanca, España)
  • Idaha A-Velha, Portugal
  • Evora, Portugal
  • Frías, Burgos, España
  • Bujalance, Córdoba
  • Conjunto de Fontainebleau (Hautsde-Seine, Francia)

consultadas

  • Dos enigmáticos grafitos en San Esteban de Gormaz (Soria). Angel Almazán
  • Juego de fichas en los signos lapidarios (II). Nuevas interpretaciones. Rodrigo de la Torre Martin-Romo. Revista de Folklore 57, 1985, pp. 96-104.
  • Símbolos fundamentales de la ciencia sagrada. René Guenón
  • La triple enceinte. Paul Le Cour. Revue Atlantis, 21, 1929