Existe Una Clara Línea Divisoria Entre Espíritu y Materia?

Originally posted 2016-11-08 00:57:45.

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Existe Una Clara Línea Divisoria Entre Espíritu y Materia?

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Este es un tema suficientemente complejo como para tener en cuenta lo que dijo Isaac Newton: “Lo que sabemos es una gota de agua; lo que ignoramos es el océano”. Según John Milton (1608 – 1674), poeta y ensayista inglés, conocido especialmente por su poema épico El paraíso perdido, “millones de seres espirituales recorren la y no los vemos ni cuando estamos dormidos ni cuando despiertos“. Se sabe que
hay una energía que anima toda la materia, desde la más sutil a la más densa. Sería el caos al que se referían los antiguos. En algunos relatos cosmogónicos griegos, el Caos es aquello que existe antes que el resto de los dioses y fuerzas elementales, es decir, el estado primigenio del cosmos infinito. En el siglo V a. C.  se lo identificó con el aire, adquiriendo solo tardíamente el sentido de «confusión elemental», en  la Metamorfosis de Ovidio. Asimismo esta energía sería el fuego sagrado de los parsis, miembros de una comunidad religiosa zoroástrica que habitan en el oeste de la India, especialmente en la ciudad de Bombay. Descienden de los persas que emigraron a la India a mediados del siglo VII para escapar a la persecución religiosa de los invasores musulmanes. También sería la energía representada por el fuego del dios griego Hermes, mensajero entre los dioses y los humanos. Como dador del fuego a los humanos, Hermes es un equivalente al titán Prometeo. Otras equivalencias de esta energía serían la  antorcha  de Apolo, el  phtha egipcio; la  zarza  ardiente  de Moisés; o la moderna electricidad. Bulwer Lytton, en su  libro The Coming Race or Vril: The Power of the Coming Race, publicada en 1871, le llama  vril  y supone que se valían de ella unas misteriosas poblaciones subterráneas.  Este libro presenta a unos hombres cuyo psiquismo está mucho más desarrollado que el nuestro. Han adquirido poderes sobre ellos mismos y sobre las cosas que los hacen semejantes a los dioses. Por lo pronto, siguen ocultos. Habitan en cavernas, en el centro de la Tierra. Pronto saldrán de ellas para reinar sobre nosotros. Según Bulwer Lytton, el vril es la enorme energía de la cual sólo utilizamos una ínfima parte en la vida ordinaria, el nervio de nuestra divinidad posible. El que llega a ser dueño de esta energía vril se convierte en dueño de sí mismo, de los demás y del mundo. Dice,  al  efecto,  que  estas  gentes de un mundo subterráneo creen  que el vril unifica y resume  la  energía de todos los agentes naturales e insinúa después, como Faraday ya presintió,  la unidad de las fuerzas: “Hace  mucho  tiempo  que  estoy convencido, y conmigo  muchos  otros  amantes de  la naturaleza, de que  las diversas modalidades de las fuerzas de la materia  tienen origen común, es decir,  que están relacionadas  con  tan  directa interdependencia  que pueden transmutarse una en otra con equivalente potencia de actuación”.

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La energía es uno de los conceptos más importantes que utilizamos para describir los fenómenos naturales. Al igual que en la vida diaria, decimos que un cuerpo tiene energía cuando tiene la capacidad de realizar un trabajo. Esta energía puede adoptar una gran variedad de formas. Puede ser energía de movimiento, energía de calor, energía gravitacional, energía eléctrica, energía química y así sucesivamente. Cualquiera que sea su forma, podrá ser empleada para realizar un trabajo. A una piedra, por ejemplo, se le puede dar energía gravitacional levantándola a cierta altura. Cuando desde dicha altura la dejamos caer, su energía gravitacional se transforma en energía de movimiento, llamada energía cinética, y cuando la piedra golpea el suelo puede realizar un trabajo rompiendo algo. La energía eléctrica o química puede ser transformada en energía calorífica, que posteriormente es utilizada para fines domésticos. En física, la energía está siempre relacionada con algún proceso o algún tipo de actividad, y su importancia fundamental consiste en el hecho de que la energía total contenida en un proceso siempre se conserva. Puede que cambie su forma del modo más complicado, pero ninguna parte de ella se pierde. La conservación de la energía es una de las leyes fundamentales de la física, rige todos los fenómenos naturales conocidos y hasta ahora no se ha observado ninguna violación de esta ley.  Faraday, junto a Oersted y Ampère estableció la relación entre electricidad y magnetismo. Del mismo modo, estableció la relación entre electricidad y la Química en sus leyes de la electroquímica. Faraday pensaba en 1834 que estas fuerzas estaban muy relacionadas y que eran de la misma naturaleza. Consideraba que todas las fuerzas (eléctricas, magnéticas, químicas, gravitatorias, etc.) podrían ser diferentes distribuciones espaciales de la fuerza fundamental. Según esta teoría, las fuerzas pueden convertirse directamente unas en otras, porque en esencia son idénticas. Aunque tal vez parezca anticientífico, la energía  primaria de Faraday y el vril de Lytton podrían ser identificados con la luz astral de los cabalistas. Según Paracelso: “Así como el útero de la madre es el mundo que rodea al niño y del cual el feto recibe su nutrición, de la propia manera la naturaleza, de la cual el cuerpo terrestre del hombre recibe las influencias que actúan en su organismo, el “Ens Astrale” es algo que no vemos pero que nos contiene a nosotros y a todo lo que vive y tiene sensación. Es lo que contiene al aire y del cual viven todos los elementos y los simbolizamos con “M” (Misterium)”. Aquí el gran médico, filósofo y alquimista Paracelso nos habla claramente de la luz astral de los cabalistas, y del azoe y la magnesia de los antiguos alquimistas.

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Según Paracelso, La luz astral, con su “solve et coagule”, es la base de todas las enfermedades y la fuente de toda vida. Toda enfermedad, sea física, moral mental, toda epidemia, tiene sus larvas astrales que al coagularse en el organismo físico humano producen la enfermedad. A Edison se le atribuye la invención de la lámpara incandescente, aunque en realidad sólo fue perfeccionada por él, quien, tras muchos intentos consiguió un filamento que alcanzara la incandescencia sin fundirse. Así, el 21 de octubre de 1879, consiguió que su primera bombilla luciera durante 48 horas seguidas. En el ámbito científico, descubrió el efecto Edison, patentado en 1883, que consistía en el paso de electricidad desde un filamento a una placa metálica dentro de un globo de lámpara incandescente. Aunque ni él ni los científicos de su época le dieron importancia, estableció los fundamentos de la válvula de la radio y de la electrónica. Edison aseguraba que la nueva fuerza era tan distinta y obedecía a leyes como el calor, el magnetismo y la electricidad. Graham Bell descubrió la posibilidad de  hablar  desde  muy  lejos por medio de un aparato llamado  teléfono  que acaba de inventar  Las ondas sonoras recibidas por  un , se transmitían eléctricamente a lo largo del alambre en cooperación con dicho .  Según un periódico de la época: “El aparato consiste  en  una especie de bocina con una membrana muy delicada en la que repercuten las ondas sonoras cuando se aplica el habla a la bocina. Al otro lado de la membrana hay una pieza  metálica que  al vibrar aquélla se pone en contacto con un  imán y éste con el circuito eléctrico gobernado por el operador. No se sabe cómo, pero lo cierto es que  la  corriente eléctrica transmite con toda exactitud de  uno a otro  aparato  la voz  del que  habla  sin  pérdida de la más leve modulación”. Ante los prodigiosos descubrimientos de finales del siglo XIX, tales como la nueva fuerza de Edison y el teléfono de Graham Bell, hay que descubrirse. La invención del teléfono proporciona una pista sobre lo  que las historias antiguas  dicen  del secreto poseído por los sacerdotes egipcios, quienes durante la celebración de los misterios podían comunicarse instantáneamente de un templo a otro, aunque estuviesen en ciudades distantes. La leyenda atribuye estos mensajes a las “invisibles tribus del aire”.  John Tyndall (1820 – 1893) fue un físico irlandés, conocido por su estudio sobre los coloides. Investigó el llamado efecto Tyndall, al cual se le llamó así en honor a su nombre. Cuando un haz de luz relativamente angosto pasa a través de un coloide como son las partículas de polvo que están en el aire, éstas desvían la luz y aparecen en el haz como pequeñas y brillantes manchitas de luz. En una solución la apariencia es diferente. La desviación de la luz en un coloide ocurre porque las grandes partículas que están en él reflejan la luz produciendo un haz visible de luz que se puede observar. Por lo tanto, un haz de luz que pasa a través de una solución es invisible. Eso explica el efecto “orbes“, unas manchitas blancas como gotitas de agua, en las fotos digitales y que son tomadas como fenómenos paranormales o energía concentrada de la atmósfera. Los “orbes” son producto de éste efecto de la física clásica.

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El profesor Tyndall, en su obra El hombre preadámico cita un ejemplo: “durante su estancia en , una de las Cleopatras mandó noticias por un alambre a todas las ciudades del alto Nilo,  desde  Heliópolis a Elefantina”. Tyndall habla de un mundo poblado de hermosísimas  figuras  aéreas. Según dice, el descubrimiento consiste en “someter  los vapores de ciertos líquidos volátiles a la concentrada acción de la luz solar o a los enfocados rayos de la eléctrica”. Los vapores de algunos yoduros, nitratos y ciertos ácidos se sujetan a la acción de la luz en  un  tubo de ensayo colocado horizontalmente, de modo  que  su  eje coincida con los rayos paralelos dimanantes de la lámpara. Los vapores forman nubes  de  soberbios  matices  y se agrupan en forma de vasos, botellas, conos, conchas, tulipanes, rosas, girasoles, hojas y volutas.  Dice Tyndall que “la nubecita toma en breve rato la forma de cabeza de sierpe con su boca y lengua”. También dice que  en  cierta  ocasión  los vapores tomaron figura  de pez, con  sus ojos, aletas y escamas,  tan  estrictamente simétrico que no había señal en un lado que no estuviese también en el otro. Según William Howitt, historiador y escritor inglés del siglo XIX: “La mente no basta por sí sola para abarcar lo espiritual. De la propia manera que el ofusca la luz de una llama, así el espíritu ofusca la luz de la mente“. El llamado efecto Tyndall puede  explicarse en parte por la acción mecánica de los  rayos lumínicos, según William Crookes (1832 – 1919), químico inglés y uno de los científicos más importantes en la Europa del siglo XIX. Crookes demostró que  el  haz horizontal de rayos luminosos disgrega las moléculas de los vapores y vuelve a agruparlos en forma de globos y husos.  Pero ¿cómo  explicar la formación de figuras como vasos, flores y conchas? Esto es enigmático para la ciencia.  Quienes no hayan estudiado el asunto tal vez se sorprendan de ver  lo mucho  que  en la antigüedad se conocía el omnipenetrante y sutilísimo principio bautizado con el nombre de  éter universal, elemento sutil, incorruptible e inalterable, con el que estarían formados el cielo y los astros, según la cosmología aristotélica. Al ser distinto de los cuatro elementos de los que estaba formado el mundo sublunar, tales como agua, tierra, aire y fuego, fue denominado tambiénquintaesencia, para distinguirlo claramente de los cuatro anteriores.

 

Las raíces de la física, como las de toda la ciencia occidental, se hallan en el primer período de la filosofía griega, en el siglo VI antes de Cristo, en una cultura en la que no existía separación alguna entre ciencia, filosofía y religión. Los sabios de la escuela de Mileto no se preocupaban de tales distinciones. Se denomina escuela de Mileto o Jónica a la fundada en el siglo VI a. C. en la colonia griega de Mileto, en la costa egea de Jonia (Asia Menor). Sus miembros fueron Tales de Mileto, Anaximandro y Anaxímenes. En este mismo siglo la ciudad de Mileto alcanzó la cima de su desarrollo económico, político e intelectual. Fue una escuela filosófica fundada en el siglo VI a. C.. Introdujo nuevos puntos de vista contrarios a las opiniones prevalecientes de la época sobre cómo estaba organizado el mundo: mientras que éstas daban a la voluntad de dioses antropomórficos la responsabilidad sobre los fenómenos naturales, los milesios presentaron una visión de la naturaleza en términos de entidades metodológicamente observables, con lo que puede considerarse a la suya la primera filosofía científica. Durante el siglo XII a.C. en Asia Menor se crearon numerosas colonias debido a la invasión dórica que generaba emigraciones por todas las islas. En esta zona se crearon ciudades como Samos, Éfeso o la propia Mileto que al estar en una zona marítima tenían mucho contacto mercantil y comercial. Durante el siglo VI a.C. llegó también a la isla la filosofía de la mano de Tales de Mileto que fue su máximo exponente. Su finalidad era descubrir la naturaleza esencial, la constitución real de las cosas, que ellos llamaron “físis“. El término “física” se deriva de esta palabra griega, y por lo tanto, inicialmente significaba el empeño por conocer la naturaleza esencial de todas las cosas. Esta es también la finalidad central de todos los místicos. Y la filosofía de la escuela de Mileto tenía ciertamente un fuerte aroma místico. Los de Mileto fueron llamados“hylozoístas“, los que creen que la materia está viva, por los griegos, porque no veían diferencia alguna entre lo animado y lo inanimado, entre espíritu y materia. De hecho, ni siquiera tenían una palabra para designar a la materia, pues consideraban que todas las formas de existencia eran manifestaciones de la “físis” dotadas de vida y de espiritualidad. Así, Tales declaró que todas las cosas están llenas de dioses y Anaximandro vio el universo como una especie de organismo sostenido por el “pneuma” o aliento cósmico, del mismo modo que el cuerpo humano está sustentado por el aire.

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Anaxímenes fue discípulo de Anaximandro. Para Anaxímenes, el aire era la substancia básica y originaria del mundo. Ese aire cambia por condensación y por rarefacción. Anaxímenes escogió el aire como principio originario, de donde procede todo, debido a que podía convertirse en cualquiera de los otros elementos del mundo, como mar o tierra, sin perder su propia naturaleza. Simplemente se condensaba o se rarificaba pero conservando siempre su identidad. Con este planteamiento, Anaxímenes creía resolver las objeciones que Anaximandro había hecho a Tales y que le había impulsado a postular como principio originario a algo indefinido.  Entre las características esenciales que Anaxímenes atribuía al aire serían de destacar que el aire tenía una extensión indefinida y, por ello, sería algo que circunda todas las cosas. Mientras que en Homero tenía el significado de neblina como algo visible, en Anaxímenes el aire tiene el significado de aire-aliento, con lo que el alma estaría emparentado con esta concepción. Por todo ello, parece que para Anaxímenes el aire era invisible. Este aire invisible adoptaría, sin dejar de ser aire, diferentes formas según sea aire rarificado o aire condensado. El aire sería la única causa material del movimiento y defendía que el principio originario podía cambiar en lo que quisiera y cuando quisiera. Anaxímenes parecía creer también en formas básicas que derivan de aire, como el fuego, el viento y las nubes,  y que las cosas  se componían de tales elementos. El aire tendría carácter divino, es decir, sería inmortal y eterno. Incluso los dioses procederían de ese aire primigenio. En este sentido, Anaxímenes, sería un precursor de Jenófanes y de Heráclito en su crítica a los dioses tradicionales. El carácter divino del aire hace que su poder penetre completamente los cuerpos, lo que recuerda al pensamiento de los estoicos. Incluso algunos autores, como Burnet, identifican a los dioses de Anaxímenes con los mundos innumerables. Es importante notar que Anaxímenes compara el aire cósmico con el pneuma (aliento), al que, tradicionalmente, se le considera como sinónimo de alma-aliento (psyjé) dadora de vida. En este sentido, parece que Anaxímenes consideró el aire como el aliento del mundo y, en consecuencia, como su fuente eterna y divina.

 

Anaxímenes explica la formación del mundo a partir de la existencia del aire indiferenciado. La tierra nacería de la condensación de una parte del aire primigenio indefinidamente extenso. Anaxímenes no sugiere ninguna razón que explique esa condensación inicial, salvo, tal vez, la del movimiento eterno que expresaría la capacidad de la materia substancial originaria y divina de iniciar un cambio allí donde quisiera.  Según Anaxímenes, los cuerpos celestes nacen, en cierto sentido, a partir de la tierra, en tanto proceden del vapor húmedo exhalado. Al rarificarse se convierte en fuego, del que están compuestos los cuerpos celestes. Anaxímenes pensaba que la tierra era ancha, plana y poco profunda y que estaba sostenida sobre el aire, al modo en que las hojas flotan sobre tal aire.  Esta idea era una adaptación a la teoría de Tales de que la tierra flotaba sobre el agua. Aristóteles sugiere que la causa que explica que el aire pudiera actuar como soporte residiría en que el aire bajo la tierra estaría comprimido y no podría escaparse. Pero no parece ser esta la idea de Anaxímenes, para el que  el aire circundante era absolutamente ilimitado, lo que parece implicar que si sostenía la tierra ello se debía a su indefinida profundidad. Los cuerpos celestes surgirían a partir del vapor que procedía de la tierra, el cual acabaría por convertirse en fuego por un proceso de rarefacción. Al igual que la tierra, cabalgan sobre el aire. Sin embargo, puesto que los cuerpos celestes se componen de fuego, y éste es más difuso que el aire, existe una dificultad que no parece haber tenido en cuenta Anaxímenes, cuando hace descansar a tales cuerpos, formados de fuego, sobre el aire. Los movimientos del sol y de los cuerpos celestes se deben a los vientos, aire ligeramente condensado. Existen textos que nos transmiten la idea de que Anaxímenes postuló la existencia de cuerpos celestes invisibles para explicar los eclipses.  Existe un texto de Aecio, filósofo peripatético del siglo I o siglo II a. C., en donde se dice que Anaxímenes pensaba que así como nuestra alma, que es aire, nos mantiene unidos, de la misma manera el viento, o aliento, envuelve todo el mundo. Una posible interpretación de la expresión atribuida a Anaximenes acerca de que el aire es como el alma que mantiene unido todo el cosmos, sería que el aire, o aliento, rodea el mundo entero de la misma manera que nuestra alma, que también es aliento, gobierna y mantiene unido nuestro cuerpo. es de suponer que Anaxímenes sostuviera que el alma posee el cuerpo y lo penetra completamente. Anaxímenes pudo haber usado el término pneuma, que en Homero tiene el significado de alma-vida, como principio vital o motriz del hombre. También se manifestaría en el mundo exterior bajo la forma de viento. En definitiva, el principio vital del mundo exterior seríapneuma, lo que implicaría que el viento-aliento-aire serían sinónimo de vida y ésta sería la causa motriz y substancia de la todas las cosas.

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Existía también una tradición popular que consideraba que el alma estaría compuesta de eter igneo y que llenaría el cielo exterior. Esta interpretación será asumida por Heráclito, que desarrollará la suposición, implícita en Anaxímenes, de que el hombre y el mundo exterior están hechos del mismo material y se comportan de acuerdo a cánones semejantes. La visión monista y orgánica de los filósofos de Mileto estaba muy cercana a las antiguas filosofías de China e India, y estos paralelismos con el pensamiento oriental se acentúan todavía más en Heráclito de Efeso. Heráclito creía en un mundo en perpetuo cambio, en un eterno “devenir”. Para Heráclito todo ser estático estaba basado en un error de apreciación y su principio universal era el fuego, símbolo del flujo continuo y del cambio de todas las cosas. Heráclito enseñó que todos los cambios que se producen en el mundo ocurren por la interacción dinámica y cíclica de los opuestos, y consideraba que todo par de opuestos formaba una unidad. A esa unidad, que contiene y trasciende a todas las fuerzas opuestas, la llamó el Logos. Heráclito utiliza esta palabra en su teoría del ser, diciendo: “No a mí, sino habiendo escuchado al logos, es sabio decir junto a él que todo es uno“. Tomando al logos como la gran unidad de la realidad, acaso lo real, Heráclito pide que la escuchemos, es decir, que esperemos que ella se manifieste sola en lugar de presionar. El ser de Heráclito, entendido como logos, es la Inteligencia que dirige, ordena y da armonía al devenir de los cambios que se producen en la existencia misma. Se trata de una inteligencia sustancial, presente en todas las cosas. Cuando un ente pierde el sentido de su existencia se aparta del Logos. Esta unidad comenzó a resquebrajarse con la Escuela Eleática, corriente filosófica griega de los siglos VI y V a. C., que asumió la existencia de un principio divino que prevalecía sobre todos los dioses y los hombres. Inicialmente se identificó a este principio con la unidad del universo, pero luego se consideró que era un dios inteligente y personal que gobierna y dirige al mundo. Así comenzó una tendencia de pensamiento que llevó finalmente a la separación entre espíritu y materia, y a un dualismo que se convirtió en la característica de la filosofía occidental. Parménides de Elea, cuna de la Escuela Eleática,cuyo pensamiento era totalmente opuesto al de Heráclito, dio un paso decisivo en esa dirección. Llamó a su principio básico el Ser y sostuvo que era único e invariable. Consideró que el cambio era imposible y anunció que los cambios que creemos percibir en el mundo son meras ilusiones de los sentidos. A partir de esa filosofía, el concepto de una substancia indestructible que presenta propiedades variables fue creciendo, hasta llegar a convertirse en uno de los conceptos fundamentales del pensamiento occidental.

 

En el siglo V antes de Cristo, los filósofos griegos intentaron superar el contraste que existía entre las visiones de Parménides y Heráclito. A fin de reconciliar la idea del Ser inmutable de Parménides con el eterno Devenir de Heráclito, asumieron que el Ser se manifiesta en ciertas substancias invariables y que la mezcla o separación de las mismas origina los cambios que tienen lugar en el mundo. Esto los llevó al concepto del átomo, la unidad más pequeña de materia indivisible, cuya más clara expresión se halla en la filosofía de Leucipo y Demócrito. Los atomistas griegos trazaron una clara línea divisoria entre espíritu y materia, representando a la materia como constituida por diversos “ladrillos básicos“. Estos eran partículas puramente pasivas e intrínsecamente muertas que se movían en el vacío. No se explicaba la causa de su movimiento, pero se solía relacionar con fuerzas externas que se suponían de origen espiritual y que eran fundamentalmente diferentes de la materia. En siglos posteriores esta imagen se convirtió en un elemento esencial del pensamiento occidental, del dualismo entre mente y materia, entre cuerpo y alma. Una vez que la idea de la separación entre espíritu y materia hubo arraigado, los filósofos, en lugar de hacia el mundo material, volcaron su atención hacia el mundo espiritual, hacia el alma humana y hacia los asuntos de la ética y la moralidad. Estas cuestiones ocuparon el pensamiento occidental durante más de dos mil años, a partir de la culminación de la ciencia y la cultura griegas, que tuvo lugar en los siglos V y IV antes de Cristo. El conocimiento científico de la antigüedad fue sistematizado y organizado por Aristóteles, quien creó el esquema que serviría de base durante dos mil años a la concepción occidental del universo. Aristóteles (384 – 322 a. C.) fue un filósofo, lógico y científico de la Antigua Grecia, cuyas ideas han ejercido una enorme influencia sobre intelectual de Occidente por más de dos milenios. Aristóteles escribió cerca de 200 tratados sobre una enorme variedad de temas, incluyendo lógica, metafísica, filosofía de la ciencia, ética, filosofía política, estética, retórica, física, astronomía y biología. Aristóteles transformó muchas, si no todas, las áreas del conocimiento que tocó. Es reconocido como el padre fundador de la lógica y de la biología, pues si bien existen reflexiones y escritos previos sobre ambas materias, es en el trabajo de Aristóteles donde se encuentran las primeras investigaciones sistemáticas al respecto. Entre muchas otras contribuciones, Aristóteles formuló la teoría de la generación espontánea, el principio de no contradicción, las nociones de categoría, sustancia, acto, potencia y primer motor inmóvil. Algunas de sus ideas, que fueron novedosas para la filosofía de su tiempo, hoy forman parte del sentido común de muchas personas. Aristóteles fue discípulo de Platón y de otros pensadores, como Eudoxo, durante los veinte años que estuvo en la Academia de Atenas. Fue maestro de Alejandro Magno en el Reino de Macedonia. En la última etapa de su vida fundó el Liceo en Atenas, donde enseñó hasta un año antes de su muerte.

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Aristóteles creía que las cuestiones relativas a la perfección del alma humana y a la contemplación de Dios eran mucho más importantes que las investigaciones sobre el mundo material. La razón por la que el modelo aristotélico del universo permaneció incontestado durante tanto tiempo fue precisamente esa falta de interés en el mundo material, y también la gran influencia de la Iglesia Cristiana que apoyó las doctrinas de Aristóteles durante toda la Edad Media. La ciencia occidental no alcanzó mayor desarrollo hasta la llegada del Renacimiento. Fue entonces cuando el hombre comenzó a liberarse de la influencia de Aristóteles y de la Iglesia, mostrando un nuevo interés en la naturaleza. El estudio de la naturaleza con un espíritu realmente científico se llevó a cabo por primera vez a finales del siglo XV, efectuándose experimentos a fin de demostrar las ideas especulativas. Dado que este desarrollo se dio paralelo a un creciente interés por las matemáticas, finalmente condujo a la formulación de verdaderas teorías científicas basadas en la experimentación y expresadas en el lenguaje matemático. Galileo fue el primero que combinó el conocimiento experimental con las matemáticas y es, por ello, considerado como el padre de la ciencia moderna. El nacimiento de la ciencia moderna fue precedido y acompañado por una evolución del pensamiento filosófico que llevó a una formulación extrema del dualismo espíritu-materia. Esta formulación apareció en el siglo XVII en la filosofía de René Descartes, quien basó su visión de la naturaleza en una división fundamental en dos reinos separados e independientes: el de la mente (res cogitans) y el de la materia (res extensa). Esta división cartesiana permitió a los científicos tratar a la materia como algo muerto y totalmente separado de ellos mismos, considerando al mundo material corno una multitud de objetos diferentes, ensamblados entre sí para formar una máquina enorme. Esta visión mecanicista del mundo la mantuvo también Isaac Newton, quien construyó su mecánica sobre esta base y la convirtió en los cimientos de la física clásica. Desde la segunda mitad del siglo XVII hasta finales del siglo XIX, el modelo mecanicista newtoniano del universo dominó todo el pensamiento científico. Fue paralelo a la imagen de un dios monárquico, que gobernaba el mundo desde arriba, imponiendo en él su divina ley. Así, las leyes de la naturaleza investigadas por los científicos fueron consideradas como las leyes de Dios, invariables y eternas, a las que el mundo se hallaba sometido. La filosofía de Descartes no sólo tuvo su importancia en el desarrollo de la física clásica, sino que además ejerció una influencia tremenda sobre el modo de pensar occidental, hasta nuestros días.

 

La famosa frase de Descartes “Cogito ergo sum” (pienso, luego existo), llevó al hombre occidental a considerarse identificado con su mente, en lugar de hacerlo con todo su organismo. Como consecuencia de esta división cartesiana, la mayoría de los individuos son conscientes de sí mismos como egos aislados, que existen “dentro” de sus cuerpos. La mente fue separada del cuerpo y se le asignó la tarea de controlarlo, causando así un aparente conflicto entre la voluntad consciente y los instintos involuntarios. Cada individuo fue además dividido en un gran número de compartimentos separados, de acuerdo a sus actividades, sus talentos, sus sentimientos, sus creencias y así sucesivamente, generándose de este modo conflictos sin fin, una gran confusión metafísica y una continua frustración. Esta fragmentación interna es un reflejo del “mundo exterior“, percibido como una multitud de objetos y acontecimientos separados. El entorno natural es tratado como si consistiera en partes separadas, que existen para ser explotadas por diferentes grupos de interés. Esta visión fragmentada es acentuada todavía por la sociedad, dividida en diferentes naciones, razas y grupos religiosos y políticos. La creencia de que todos esos fragmentos, en nosotros mismos, en nuestro entorno y en nuestra sociedad, están realmente separados, puede considerarse como la razón esencial de la presente serie de crisis sociales, ecológicas y culturales. Nos ha separado de la naturaleza y de nuestros congéneres humanos. Ha generado una distribución enormemente injusta de los recursos naturales, creando el desorden político y económico, una creciente ola de violencia, tanto espontánea como institucionalizada y un feo y contaminado medio ambiente, en el que la vida se ha hecho a veces malsana, tanto física como mentalmente. La división cartesiana y el concepto mecanicista del mundo han sido al mismo tiempo benéficos y perjudiciales. Fueron benéficos para el desarrollo de la física y de la tecnología clásica, pero han tenido muchas consecuencias adversas para nuestra civilización. Es fascinante ver cómo la ciencia del siglo XX, que tuvo su origen en la división cartesiana y en el concepto de un mundo mecanicista y que realmente sólo llegó a ser posible a causa de dicho concepto, supera ahora esa fragmentación y vuelve a la idea de unidad, tal como era expresada en las primitivas filosofías griegas y orientales.

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Los antiguos teúrgos o magos creían que los llamados milagros, como los de Moisés y el Conde Alessandro di Cagliostro (1743 – 1795), médico, alquimista, ocultista, rosacruz y alto masón, estuvieron en perfecta concordancia con las leyes naturales y, por lo tanto, no fueron tales milagros.  La electricidad y el magnetismo intervinieron sin duda alguna  en  muchos de estos prodigios. Pero cabe admitir que las personas suficientemente  sensitivas  pueden servir de conductores inconscientes y tal vez actúen en  virtud de estos fluidos tan poco conocidos todavía por las ciencias.  Esta fuerza posee infinidad de atributos y propiedades en su mayor parte ignoradas de los físicos. Los fenómenos de  magia  natural,  presenciados en Siam, India, Egipto y otros países de Oriente, no tienen  nada de común con la prestidigitación, pues los primeros son efecto de fuerzas naturales ocultas, y la segunda es un artificio ilusionante obtenido por medio de hábiles manipulaciones. Los taumaturgos  de toda  época  obraban  prodigios por estar familiarizados con las ondulaciones imponderables en sus efectos, pero perfectamente tangibles, de  la  luz astral, cuyas corrientes  guiaban con  la  fuerza de su voluntad. Los prodigios tenían doble un carácter  físico y psíquico,  con  sus  correspondientes  efectos materiales y mentales. Estos últimos son de índole análoga a los  producidos por Mesmer y sus sucesores,  entre  quienes se cuentan el Barón du Potet y Regazzoni. Franz Anton Mesmer (1734 – 1815) fue un médico alemán. Descubrió lo que él llamó magnetismo animal y que otros después llamaron mesmerismo. El mesmerismo se refería a un supuesto medio etéreo postulado como agente terapéutico por primera vez en el mundo occidental por el médico Franz Mesmer. Fue un término muy usado en la segunda mitad del siglo XVIII. La evolución de las ideas y prácticas de Mesmer hicieron que James Braid (1795-1860) desarrollara la hipnosis en 1842. El hipnotismo es  la más  importante modalidad de la magia, cuyos efectos tienen por causa el agente universal propio  de  las obras mágicas que en todo tiempo se denominaron milagros. Los antiguos llamaron caos a  este agente;  Platón  y  los  pitagóricos  el  alma  del mundo, y  según  los indos, la Divinidad en forma de éter  penetra  todas las cosas. Es un fluido invisible, y sin embargo, sumamente tangible.  Los teúrgos lo llamaron fuego viviente o espíritu de luz,  cuya  denominación  denota sus propiedades magnéticas y naturaleza mágica. Crookes dice en su obra Espiritismo fenoménico: “Los  centenares de hechos  que  estoy en disposición de atestiguar y cuyo remedo por artificios mecánicos desafiaría la habilidad y destreza  de un Houdini, ocurrieron en m propia  casa, a horas fijadas por mí mismo y en circunstancias que imposibilitaban absolutamente el empleo del más sencillo instrumento“.

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Para averiguar la  etimología  de  la  palabra magnetismo, hay que remontarse a épocas  inconcebiblemente remotas. Muchos creen  que la piedra imán  deriva su  nombre del de la ciudad de Magnesia, en Tesalia, donde abunda en extremo, pero probablemente   sea más acertada la opinión de los herméticos. La palabra mago se deriva del  sánscrito mahaji,  que significa  grande o sabio, o el ungido  con  la  sabiduría divina. A este propósito dice Dunlap enMisterios de Musah: “Eumolpo es el  mítico  fundador  de los eumólpidos o sacerdotes que atribuían su saber a la inteligencia  divina”.  Las cosmogonías de los diversos pueblos identificaban elalma del mundo con la mente del Demiurgos, la Sophía de los agnósticos o elEspíritu Santo  en  su aspecto fenoménico. Y como los magos derivaban su  nombre de este principio, se llamó magnes a la piedra imán, en  honor de los que primeramente descubrieron sus maravillosas propiedades.  El alma del mundo (anima mundi) es el espíritu etérico puro, que fue proclamado por algunos filósofos antiguos como lo subyacente en toda la naturaleza. Es lo que anima la naturaleza de todas las cosas como la misma alma anima al ser humano. Según  Platón, en el Timeo: “Por tanto, es de resaltar que: este mundo es, de hecho, un ser viviente dotado con alma e inteligencia […] una entidad única y tangible que contiene, a su vez, a todos los seres vivientes del universo, los cuales por naturaleza propia están todos interconectados“. La idea se originó con Platón y también está presente en doctrinas orientales como el Brahman (Dios) y el atman (alma) en el hinduismo. Consecuentemente los estoicos creían que era la única fuerza vital presente en el universo. Similares conceptos fueron sostenidos por filósofos tales como Paracelso (1493-1541), Baruch Spinoza (1632-1677), Gottfried Leibniz (1646-1716) y Friedrich Schelling (1775-1854). Recientemente ha sido recobrada por defensores de la hipótesis de Gaia, que considera que la Tierra es un ser vivo, tal como opina James Lovelock, científico, meteorólogo y escritor inglés. En la antigüedad, los templos de los magos abundaban en todas  partes. Y  entre ellos había  algunos dedicados a Hércules, por lo que se dio a la piedra imán el  nombre  de  magnesiana o heráclea, cuando se supo que los sacerdotes la empleaban en sus  operaciones  terapéuticas y mágicas. Sobre este particular dice  Sócrates:  “Eurípides la denomina  piedra  magnesiana,  pero el vulgo la llama heráclea”. De modo que los magos dieron nombre  a  la  comarca tesaloniense de Magnesia y a la  piedra  imán  que  allí  abundaba y no al contrario. A Hércules se le llamabarey de los  musianos, y  musiana  era la fiesta del “espíritu y la materia” simbolizados por Adonis y Venus, Baco y Ceres. Dice Dunlap, en Misterio de  Adonis, que  Juliano y Anthon  identificaban a Esculapio como “el  Salvador de todas las cosas” y con  Phtha,  mente creadora y sabiduría divina, Apolo,  Baal, Adonis y Hércules.  Phtha es el “Anima Mundi” de Platón y la luz  astral de los cabalistas.  Sin embargo, Jules Michelet opina que el Heracles griego era el adversario de las orgías báquicas con sus consiguientes sacrificios humanos.

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Plinio dice que los sacerdotes romanos  magnetizaban  el  anillo  nupcial antes de la ceremonia. Los historiadores paganos  guardan  cuidadoso  silencio  acerca de los misterios mágicos, y Pausanias  declara  que en sueños le conminaron a no revelar los sagrados ritos del templo de Demetrio y Perséfona en Atenas. Es asombroso que las ciencias  experimentales no acierten a dar una hipótesis razonable sobre la fuerza magnética. Diariamente aparecen pruebas  de  que esta modalidad energética intervenía en los misterios  teúrgicos  y,  por  su  influencia, se explican  las secretas facultades de los taumaturgos  para realizar  tantos prodigios. De esta índole fueron los dones otorgados por Jesús a sus discípulos, pues en  el momento  del  milagro  sentía Jesús una fuerza dimanante de él. En su diálogo con Theages  habla Sócrates de  su  daimon o  dios  familiar, así como de la facultad que poseía de  transmitir o retener  los  conocimientos y virtudes, de modo que las gentes recibiesen o no beneficio de su compañía. Y al respecto cita  el siguiente ejemplo, en palabras puestas en boca de Arístides: “He de declararte, Sócrates, una cosa increíble,  pero que  por  los  dioses  te  aseguro cierta. Allego mucho beneficio cuando estoy contigo en la  misma  casa;  y  el  beneficio es todavía mayor si estamos en el mismo aposento y todavía  más si  te veo a mi lado,  pero sube de punto cuando  me pongo en toque contigo”. Este es el magnetismo é hipnotismo del Barón du Potet  y otros experimentadores que, luego de someter al sujeto a su  influencia  fluídica,  pueden  transmitirle el pensamiento desde cualquier distancia y moverle irresistiblemente a obedecer sus mandatos mentales. Sin  embargo, los antiguos filósofos conocían  mucho  mejor  esta energía  psíquica,  según se infiere de los  informes en las primitivas fuentes.  Pitágoras  enseñaba  que la  Mente Divina está difundida é infundida en todas las cosas, de modo que por su universalidad cabe transportarla de un objeto  a otro y servir de instrumento a la voluntad para formar  todas las cosas. Según Platón, la Mente DivinaNous  es el  Kurios  de los griegos. A este propósito dice: “Kurios simboliza la pura y simple naturaleza de la mente, la sabiduría”. Así tenemos que Kurios es o sabiduría divina  y    es  el  Sol, de quien Thot o Hermes recibió la sabiduría transmitida al  mundo  por  mediación de sus obras. Hércules es también el Sol, considerado como depósito celeste del magnetismo universal. O, mejor dicho, Hércules  es  la luz magnética que transmitida a través del “ojo abierto en los cielos” penetra en las regiones  de nuestro planeta para convertirse en el Creador.

 

Los antiguos no consideraban el sol  como  directo  manantial de luz y calor, sino tan sólo como agente transmisor de la  luz.  Por  esta razón los egipcios le llamaban “el ojo de Osiris”, o sea del Logos, o luz manifestada al mundo, la Mente del Absoluto. Esta luz nos da a conocer el demiurgo, el Creador de nuestro  planeta y de cuantas  cosas contiene. Los dioses solares o Logos no tienen nada que ver con el invisible y desconocido universo diseminado por  el  espacio. Los “Libros de Hermes” expresan este concepto. En los Misterios de Samotracia, después de la distribución del fuego puro, empezaba una nueva vida. Este era el nuevo nacimiento a que Jesús aludía en su  plática con  Nicodemo. Y sobre ello dice Platón: “Iniciaos en el más bendito misterio y sed puros, para  llegar a ser justos y santos con sabiduría”. Y según los Evangelios: “Y dichas  estas palabras, sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo”. Este simple acto de la voluntad  bastaba para transmitir el don de profecía en su  más alta modalidad, si tanto el iniciador  como el iniciado eran  dignos de  ello. En todo tiempo intentó el  hombre levantar el velo que  oculta a sus ojos lo futuro y, por lo tanto, siempre se tuvo la profecía  por don concedido por Dios a la mente humana.  Ahora bien; ¿qué es esta mística y primordial  substancia? El Génesis la  simboliza en “las aguas sobre que  flotaba  el  espíritu de Dios”. El libro de Job  dice que “abajo de  las  aguas  fueron  formadas las cosas sin  alma que habitan allí”;  pero en el texto  original, en  vez de “cosas inanimadas” se lee los “muertos rephaim”.  Después del Diluvio, una raza de guerreros semidivinos habitó las tierras del Levante. Llamados los Refaítas o Rephaim, se instalaron al parecer como los defensores de las tierras occidentales al principio del tercer milenio antes de Cristo. En este tiempo debieron su lealtad a los reyes de Mesopotamia, especialmente a Nannar-Sin que era el legítimo Jefe Supremo de estas tierras. Cuando sus ciudades en Transjordania y en otras partes fueron destruidas por los reyes del Este, que las invadieron en el siglo XXI a.C., los Rephaim perdieron toda lealtad a la legítima autoridad y se convirtieron en una fuerza marcial independiente en las tierras occidentales. Entonces se convirtieron en una fuerza formidable e incontrolable que dominó a la gente de estas tierras por los siguientes mil años. Fueron los Rephaim s los que construyeron impenetrables fortificaciones cuyas ruinas se encuentran en todas partes del Levante, desde Egipto hasta Anatolia. Sus descendientes, llamados los Hiksos, ocuparon Egipto por más de cuatro cientos años. Y bajo el nombre bíblico de Amalecitas, evitaron a las tribus hebreas bajo las órdenes de Moisés de entrar en las tierras de Canaán. Como fuerza política y militar, los esfuerzos combinados de los reyes judíos Saúl y David finalmente los destruyeron, conjuntamente con Kamose y Ahmose, los primeros reyes de la XVIII dinastía egipcia. La historia de los Rephaim está relacionada con el destino de los hebreos desde los días de Abraham hasta los de Salomón.

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En la mitología egipcia el  Absoluto está simbolizado por una serpiente enroscada alrededor de una vasija, sobre cuyas aguas planea su cabeza en actitud de fecundarlas con su aliento. La serpiente es, en este caso, emblema de la eternidad y representa aAgathodaimon o  elespíritu del bien, cuyo opuesto es Kakothodaimon espíritu del mal.  Los  Eddas  escandinavos  dicen  que durante la noche, cuando el ambiente está impregnado de humedad, cae el rocío de miel, alimento de los dioses y de  las  creadoras abejas del árbol  Yggdrasil, un fresno perenne, el árbol de la vida, o fresno del universo, en la mitología nórdica. Sus raíces y ramas mantienen unidos los diferentes mundos: Asgard, Midgard, Helheim, Niflheim, Muspellheim, Svartalfheim, Alfheim, Vanaheim y Jötunheim. De su raíz emana la fuente que llena el pozo del conocimiento, custodiado por Mímir. A los pies del árbol se encontraba el dios Heimdall, que era el encargado de protegerlo de los ataques del dragón Níðhöggr y de una multitud de gusanos que trataban de corroer sus raíces y derrocar a los dioses a los que este representaba. Pero también contaba con la ayuda de las nornas, que lo cuidaban regándolo con las aguas del pozo de Urd. Un puente unía el Yggdrasil con la morada de los dioses, el Bifröst, el arco iris, en que todos los dioses lo cruzaban para entrar en el Midgard. Yggdrasil rezuma miel y cobija a un águila sin nombre que entre sus ojos tiene un halcón que se llama Veðrfölnir, a una ardilla llamada Ratatösk, a un dragón llamado Níðhöggr y a cuatro ciervos, Dáinn, Dvalin, Duneyrr y Duraþrór. Cerca de sus raíces habitan las nornas,, o espíritus femeninos. Todo ello simboliza el pasivo principio de la creación  del  universo  sacado de  las  aguas,  y  el rocío de miel es una modalidad de la luz  astral  con  propiedades creadoras y destructoras. En la leyenda caldea de Beroso, se dice que el hombre pez,  llamado Oännes o Dagón, instruye a las gentes y les muestra el mundo recién salido  de  las aguas,  con todos los seres procedentes de esta primera substancia. Moisés enseña  que sólo la tierra y el agua pueden engendrar el alma viviente, y  en  las  Escrituras  hebreas  leemos  que las hierbas no crecieron  hasta que el Eterno derramó lluvia sobre la tierra. En el Popol–Vuh de los americanos, se dice que el hombre fue formado a partir del limo  de  las  aguas. Según los Vedas,  Brahmâ está sentado en el loto de agua, aire y tierra, después de dar existencia a los  espíritus  que, por lo tanto,  tienen prelación sobre los mortales.  Los  alquimistas  enseñaban  que la tierra primordial preadámica es como el agua  clara,  que en  la  segunda  etapa de su transmutación en substancia  primaria contiene  todos los elementos  constitutivos del hombre, no solo por lo que  atañe  a su naturaleza orgánica, sino también el latente “soplo de vida” o “el Espíritu de Dios flotando sobre  las  aguas”,  o el caos, que de este modo se identifica con la substancia primaria. Por esta razón aseguraba Paracelso que era capaz de formar  homúnculos, y el insigne filósofo Tales de Mileto decía que el agua es el principio de todas las cosas en la naturaleza.

 

Fritjof Capra, un reconocido físico austriaco, ha puesto al descubierto en su libro, “El Tao de la Física”,  los paralelismos existentes entre la visión del mundo de los físicos y la del misticismo oriental. En su opinión, en la que está basado este artículo, la terminología china del ying y el yang parece muy adecuada para describir este desequilibrio cultural. Nuestra cultura ha favorecido los valores y actitudes yang o masculinas y ha descuidado sus contrapartes ying o femeninas, que le son complementarias. Hemos favorecido el análisis sobre la síntesis o el conocimiento racional sobre la sabiduría intuitiva. Según Fritjof Capra estamos siendo testigos del inicio de un tremendo movimiento, que parece ilustrar el antiguo refrán chino que dice: “Cuando el yang ha alcanzado su punto culminante, retrocede dejando paso al ying“. La creciente preocupación por la ecología, el intenso interés por el misticismo, el surgimiento de la conciencia feminista y el redescubrimiento de los enfoques holísticos sobre la salud y la curación, son todas manifestaciones de una misma tendencia. La parte más científica de este artículo se basa en gran parte en las ideas y obras de  Fritjof Capra. Doctor en Física teórica por la Universidad de Viena en 1966, Fritjof Capra ha trabajado como investigador en física subatómica en la Universidad de París, en la Universidad de California, en Santa Cruz, en el Acelerador Lineal de Londres y en el Laboratorio Lawrence Berkeley. También ha sido profesor en la Universidad de California, en Berkeley y en la Universidad de San Francisco. En paralelo a sus actividades de investigación y enseñanza, desde hace más de 30 años Capra ha estudiado en profundidad las consecuencias filosóficas y sociales de la ciencia moderna. Sobre este tema imparte seminarios y conferencias, con relativa frecuencia, en diversos países. Su producción literaria se inició con la publicación de “El Tao de la Física”, que supuso el punto de partida de numerosas publicaciones sobre la interrelación entre el universo descubierto por la física moderna y el misticismo antiguo, principalmente oriental. Sus trabajos de investigación y divulgación siguientes incluyen estudios en que los postulados aportados por su primer libro se extienden a otras áreas, como la biología y la ecología, enfatizando en todos ellos la necesidad de alcanzar una nueva comprensión del universo que nos rodea como un todo en el que, para comprender sus partes, es necesario estudiar su interrelación con el resto de los fenómenos, pues su visión está basada en que la naturaleza de la realidad es un proceso creativo e interconectado en el que nada puede ser entendido por sí mismo, sino por su pertenencia a la infinita y extensa danza de la creación.

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Fritjof Capra explica una hermosa experiencia que tuvo y que le impulsó a escribir “El Tao de la Física”: “Estaba yo una tarde de verano sentado frente al océano, con el sol ya declinando. Observaba el movimiento de las olas y sentía al mismo tiempo el ritmo de mi respiración, cuando de pronto fui consciente de que todo lo que me rodeaba parecía estar enzarzado en una gigantesca danza cósmica. Como físico, sabía que la arena, las rocas, el agua y el aire que había a mi alrededor estaban formados por vibrantes moléculas y átomos y que estos, a su vez, se componían de partículas que interactuaban unas con otras creando y destruyendo a otras partículas. También sabía que la atmósfera de la Tierra es bombardeada continuamente por una lluvia de “rayos cósmicos”, partículas de alta energía que sufren múltiples colisiones al penetrar en la atmósfera. Todo esto me resultaba conocido por mis investigaciones físicas en el campo de la alta energía, pero hasta aquel momento sólo lo había experimentado a través de gráficos, diagramas y teorías matemáticas. Sin embargo, sentado en aquella playa, mis anteriores experiencias cobraron vida; “vi” cascadas de energía que llegaban del espacio exterior, en las que las partículas eran creadas y destruidas siguiendo una pulsación rítmica. “vi” los átomos de los elementos y los de mi cuerpo participando en aquella danza cósmica de energía; sentí su ritmo y “oí” su sonido, y en ese momento supe que aquélla era la Danza de Shiva, el Señor de los Danzantes adorado por los hindúes. Hasta entonces había pasado por un largo entrenamiento en física teórica y había dedicado varios años a la investigación. Al mismo tiempo me interesé por el misticismo oriental y comencé a ver analogías entre dicho misticismo y la física moderna. Me sentí especialmente atraído por los enigmáticos aspectos del Zen, que me recordaron los misterios de la teoría cuántica. Al principio, estas relaciones fueron un ejercicio puramente intelectual. Salvar el abismo entre el pensamiento racional analítico y la experiencia meditativa de la verdad mística fue, y todavía es, algo muy difícil para mí. Al principio me ayudaron “centrales de energía” que me enseñaron cómo la mente puede fluir en libertad y cómo las evidencias espirituales llegan por sí mismas, sin esfuerzo alguno, emergiendo de las profundidades de la consciencia. Recuerdo mi primera experiencia de este tipo. Después de años de pensamiento detallado y analítico, su llegada fue tan arrolladora que me hizo estallar en lágrimas, de un modo no distinto a Castaneda, volcando seguidamente mis impresiones en un trozo de papel. Más tarde me llegó la experiencia de la Danza de Shiva. A esta experiencia siguieron otras parecidas que me ayudaron a darme gradualmente cuenta de que una nueva visión del mundo está comenzando a emerger desde la física moderna, en armonía con la antigua sabiduría oriental. Durante años tomé muchas notas y escribí algunos artículos sobre los paralelismos que iba descubriendo, hasta que finalmente resumí mis experiencias en el presente libro“.

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La influencia que la física moderna tiene en casi todos los aspectos de la sociedad humana es notable. Se ha convertido en la base de las ciencias naturales, y la combinación de las ciencias naturales y las ciencias técnicas ha cambiado las condiciones de la vida sobre la Tierra. Sin embargo, la influencia de la física moderna va mucho más allá de la tecnología. Se extiende al campo del pensamiento y de la cultura, donde ha generado una profunda revisión de nuestros conceptos sobre el universo y de nuestra relación con él. La exploración de los mundos atómico y subatómico llevada a cabo durante el siglo XX ha puesto de manifiesto la estrechez y limitación de las ideas clásicas y ha motivado una revisión radical de muchos de nuestros conceptos básicos. Así, el concepto de materia en la física subatómica, por ejemplo, es totalmente diferente de la idea tradicional asignada a la sustancia material en la física clásica. Lo mismo ocurre con los conceptos de tiempo, espacio, causa y efecto. Y dado que nuestra perspectiva del mundo está basada sobre tales conceptos fundamentales, al modificarse éstos, nuestra visión del mundo ha comenzado a cambiar. Estos cambios, originados por la física moderna, han sido ampliamente discutidos durante las últimas décadas tanto por físicos como por filósofos, pero en raras ocasiones se ha observado que todos ellos parecen llevar hacia una misma dirección, que sería una visión del mundo que resulta muy parecida a la que presenta el misticismo oriental. Los conceptos de la física moderna muestran con frecuencia sorprendentes paralelismos con las filosofías religiosas del lejano Oriente, como el budismo, el taoísmo y el confucianismo, el hinduismo, la religión china, el mazdeísmo, o religión persa, la religión japonesa y la religión coreana. Aunque estos paralelismos no han sido todavía explorados en profundidad, sí fueron advertidos por algunos de los grandes físicos del siglo XX, cuando con motivo de sus conferencias en la India, China y Japón, entraron en contacto con la cultura del lejano Oriente. Al respecto, Julius Robert Oppenheimer, físico teórico estadounidense de origen judío y profesor de física en la Universidad de California en Berkeley, en su obra Science and the Common Understanding, dice: “Las ideas generales sobre el entendimiento humano, ilustradas por los descubrimientos ocurridos en la física atómica, no constituyen cosas del todo desconocidas, de las que jamás se oyera hablar, ni tampoco nuevas. Incluso en nuestra propia cultura tienen su historia y en el pensamiento budista e hindú ocupan un lugar muy importante y central. Lo que hallaremos es un ejemplo, un desarrollo y fin refinamiento de la sabiduría antigua“. Oppenheimer es una de las personas a menudo nombradas como «padre de la bomba atómica», debido a su destacada participación en Manhattan, que consiguió desarrollar las primeras armas nucleares de la historia, durante . La primera bomba nuclear fue detonada el 16 de julio de 1945 en la Prueba Trinity, en Nuevo México, .

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Oppenheimer declararía más tarde que le vinieron a la mente las palabras del Bhagavad Gita: «Ahora me he convertido en la muerte, el destructor de mundos». Oppenheimer siempre expresó su pesar por el fallecimiento de víctimas inocentes cuando las bombas nucleares fueron lanzadas contra los japoneses en Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945. Niels Henrik David Bohr (1885 – 1962), físico danés que realizó contribuciones fundamentales para la comprensión de la estructura del átomo y la mecánica cuántica, y que fue galardonado con el Premio Nobel de física en 1922, en su obra Physics and Human Knowledge, dijo: “De un modo paralelo a las enseñanzas de la teoría atómica, al tratar de armonizar nuestra posición corro espectadores y actores del gran drama de la existencia, tenemos que considerar ese tipo de problemas epistemológicos, con los que pensadores como Buda y Lao Tse tuvieron ya que enfrentarse“. Werner Karl Heisenberg (1901 – 1976) fue un famoso físico alemán. Es conocido sobre todo por formular el principio de incertidumbre, una contribución fundamental al desarrollo de la teoría cuántica. Este principio afirma que es imposible medir simultáneamente de forma precisa la posición y el momento lineal de una partícula. Heisenberg fue galardonado con el Premio Nobel de Física en 1932. El principio de incertidumbre ejerció una profunda influencia en la física y en la filosofía del siglo XX. En su obraPhysics and Philosophy, dice: “La gran contribución a la física teórica llegada de Japón desde la Última guerra puede indicar cierta relación entre las ideas filosóficas tradicionales del lejano Oriente y la sustancia filosófica de la teoría cuántica“.  Los dos pilares de la física del siglo XX, la teoría cuántica y la teoría de la relatividad, nos obligan a ver el mundo del mismo modo que lo ve un hindú, un budista o un taoísta. Y esta similitud cobra fuerza cuando contemplamos los recientes intentos por combinar ambas teorías, a fin de lograr una explicación para los fenómenos del mundo sub microscópico, tales como las propiedades y las interacciones de las partículas subatómicas, de las que toda materia está formada. En este campo, los paralelismos con el misticismo oriental son más que sorprendentes y con frecuencia tropezaremos con afirmaciones que será casi imposible decir si fueron efectuadas por físicos o por místicos orientales. Por misticismo oriental nos referimos a las filosofías religiosas del hinduismo, del budismo y del taoísmo. Aunque éstas comprenden un vasto número de sistemas filosóficos y de disciplinas espirituales sutilmente entrelazadas, los rasgos básicos de su visión del inundo son idénticos. Tal visión no está limitada a Oriente, sino que en algún grado podemos hallarla en todas las filosofías con una orientación mística.

 

La física moderna nos lleva a una visión del mundo que es muy similar a la de los místicos de todas las épocas y tradiciones. Las tradiciones místicas están presentes en todas las religiones, y pueden encontrarse también elementos místicos en muchas escuelas filosóficas occidentales. Los paralelismos con la física moderna no sólo aparecen en los Vedas, en el I Ching o en los sutras del budismo, sino también en fragmentos de Heráclito o en el sufísmo de lbn Arabi. Ab? Bakr Muhammad ibn ‘Al? ibn ‘Arabi (1165 – 1240), más conocido como Ibn Arabi, fue un místico sufí, filósofo, poeta, viajero y sabio musulmán andalusí. Sus importantes aportaciones en muchos de los campos de las diferentes ciencias religiosas islámicas le han valido el sobrenombre de Vivificador de la Religión y el Más Grande de los Maestros. Aunque los estudios orientalistas españoles lo han relacionado con la escuela de Ibn al-Arif , y lo consideraron inicialmente más un filósofo que un sufí, los maestros sufíes de muchas órdenes desde hace siglos lo han considerado como un gran maestro conocedor por ‘experiencia espiritual directa’

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